Todas_las_malditas_veces_que_la_tuve_debajo_de_...

—No tienes por qué hacerlo —dijo ella, con una voz tranquila que contrastaba con el caos de mis pensamientos.—Tengo que hacerlo. Es la única forma de arreglarlo.

Esa vez, la tercera o la cuarta en una semana, ella no lloró. Solo se quedó ahí, sentada en la silla de madera, esperando a que yo encontrara las palabras correctas, las mismas que ya habíamos usado en el apartamento de la calle Mayor, o bajo el toldo de la cafetería cuando el aguacero no nos dejaba volver a casa. Todas_las_malditas_veces_que_la_tuve_debajo_de_...

Quise decirle que esta vez sería diferente. Quise prometerle que el desastre no la alcanzaría. Pero el flexo parpadeó de nuevo, y en la oscuridad intermitente, vi la realidad: no era ella la que estaba atrapada debajo del peso de mis decisiones. Era yo, atrapado bajo el peso de mi propia incapacidad para dejarla ir, que ella, con una paciencia infinita, decidía quedarse. —No tienes por qué hacerlo —dijo ella, con